A primera instancia está la problemática de que la cultura
no suele difundirse idóneamente. Y si se difunde, es sólo a un grado económico.
¿Entonces de qué sirve? ¿Dónde quedó la verdadera esencia de la literatura, el
cine o el teatro?
Las nuevas generaciones se van quedando con los restos de un
pasado, innovando el presente, pero lo que preocupa es el futuro. Si bien
conocen a artistas como Van Gogh o Frida Kahlo, lo hacen porque sus rostros
están plasmados en una playera, una agenda o una simple cartera. ¿En verdad
admiran su trabajo?
La cultura solía tratarse de apreciación. Ahora sólo parece
ser de consumismo.
Me aferro a la idea de que todavía hay unos cuantos
conscientes de la definición de “Industria cultural”. Admiro a quienes
encuentran un punto medio, uno en el que se reconoce la obra, la cultura, pero
en el que tampoco hay oposición absoluta a la producción masiva, porque al fin
de cuentas, es una forma de difundir lo intelectual, lo trascendente, lo bello
del arte.
Si sabes apreciar los poemas de Poe, la escritura de Víctor
Hugo, el cine de Chaplin, el arte de Dalí, y al mismo tiempo, admitir la
industrialización de la misma, entonces no tendrás que preguntarte
constantemente ¿qué más nos queda, Marx?
Fer C. (Texto original)
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