Desperté agotado, entre sudor y jadeos…había tenido un mal sueño, sólo que ahora no lo recordaba. Sin saber cómo, me vi atraído al espejo de mi cuarto, me encaminé hacia él y entonces noté algo raro en mi rostro, tenía una espesa barba, una demasiada grande, y yo creía recordar haberme afeitado hace dos días atrás.
No entendía nada, me veía diferente…como si no fuera yo.
Pero dejé de tomarle importancia.
Estaba aburrido, sin nada que hacer, entonces fue cuando
comencé a pensar en la vida, en lo injusta que era. Yo apenas tenía 17 años,
pero sabía bien que en el mundo de afuera había caos, tragedias, y a pocos les
importaba ello.
Mis pensamientos se desviaron a los trabajadores, yo no era
uno, pero ellos daban todo de sí para apenas poder sobrevivir, y quien era dueño
de los medios de producción se beneficiaba a lo grande, ¿cómo era posible? Un
trabajador “invertía” su fuerza física, tiempo y capacidad intelectual, todo
para alcanzar un sueldo miserable…desde esa perspectiva, él era quien mantenía a
flote la producción.
Hace tiempo, habría sido extraño pensar en esto, y ahora era
todo lo que se me ocurría. Volví a recostarme, agobiado por la realidad que nos
asfixiaba. Entonces, en verdad desperté…todo había sido un sueño, la barba, los
pensamientos, el coraje, todo lo había delirado, fue cuando volteé a mi mesa de
noche y vi mi lectura más reciente: “El Capital”, un libro que me hizo soñar
con la verdad.
Fer C. (Texto original)
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